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ENTRE LINEAS

El lado oscuro

La buena gente

La buena gente

Ha sido un año muy duro para ella. Como vulgarmente se dice parece como si todo el Universo se hubiese confabulado en su contra. Recién cumplidos los cincuenta, hacía dieciocho meses que se había separado después de haber cumplido las bodas de plata en su matrimonio. Aunque era una ruptura anunciada dado que las inquietudes culturales, sociales y por ende, laborales de ella –muy por encima de las de él- iban por caminos divergentes, el tener una hija de veintidós años que no acaba de estabilizarse en el mundo laboral y un adolescente de quince con problemas de crecimiento, convirtió en áspera una quiebra que no iba a ser traumática. Consumado el fracaso matrimonial que le dejó a ella en herencia una hipoteca que liquidar, un adolescente que completar, una hija que situar y ella, una mujer con todo por hacer, la empresa en la que trabajaba desde principios de los ochenta, trasladaba su sede a más de seiscientos quilómetros –consecuencia de una absorción que tanto se estaban dando en la industria farmacéutica- y querían aprovechar para hacer “borrón y cuenta nueva” con sus trabajadores.

 

Tuvo suerte a sus ya cincuenta años, justo la edad en que la empresa privada expulsa inmisericorde a los que la han cumplido –y más tratándose de una mujer- de encontrar un trabajo en una multinacional del sector. La vida le ofrecía otra oportunidad. Un trabajo que le gustaba y para el que había demostrado sobradamente su capacidad, un sueldo superior al que percibía, una indemnización laboral con la que podría afrontar las reformas de su casa –que cambió de arriba abajo para que nada le recordase su época matrimonial pasada- y quién sabe si redimir algo de la hipoteca pendiente y, lo más importante, un jefe que desde el primer día ella calificó de “buena gente” y al que, en un arranque de sinceridad, le explicó las penurias por las que estaba atravesando.

 

Pero es bien sabido que las empresas tienen las entrañas hechas de beneficios en un cuerpo organizado única y exclusivamente para conseguir esa finalidad, incluida ésta que, sin embargo, tiene fama de atesorar una política social para sus trabajadores envidia de los sindicatos. Así, desde el primer día, teniendo la espada de Damocles del maldito “periodo de prueba” completaba jornadas de quince horas en pos de que la cirugía del papel moneda embelleciese las cuentas corrientes de los socios de la Multinacional. Ello le hizo descuidar a sus hijos, especialmente a su hijo pequeño, a su casa y a ella misma que día tras día veía como su ansiada independencia se sumía en un pozo al que no le llegaba a ver el fondo. Se acumulaba el trabajo y con ello, se apilaban las exigencias del jefe. Crecían los problemas que se iban colando en algún lugar de su conciencia sin que ella se diese cuenta. Ganaban terreno las sombras sin que hubiese luz capaz de dispersarlas. Un viernes de abril, a las ocho de la tarde, su jefe “buena gente” le dijo: “Creía que contigo había fichado un crack, pero veo que me he equivocado”. Ella no le devolvió respuesta. No supo qué contestar. Al llegar a su casa, seguía sin poder quitarse de su cabeza las palabras que le había dicho su jefe, él que era “buena gente”. Más allá de esas palabras solo había oscuridad y no encontraba el desagüe por el que poder verterlas a las cloacas del olvido.

 

Aquella noche abrazó como nunca lo había hecho a sus hijos, primero al pequeño, su adolescente, luego a su hija mayor, la mujer que estaba a punto de germinar. Sabía que no los volvería a ver. Ya en su cuarto se tomó dos tubos enteros de “tranquimazín”, sabiendo que desaparecería la oscuridad… y también la luz para siempre. No pudo tomarse el tercero porque su hijo entró en la habitación. Estuvo justo el tiempo necesario para que ella iniciase un profundo sueño. A la mañana siguiente su hija no pudo despertarla. Fue necesario un lavado de estómago y cuarenta y ocho horas para que volviese la vida a aquél cuerpo. A su espíritu iba a tardar bastante más dejando una herida de la que nunca podría curarse. Rodearse de la cabrona “buena gente”, la que se define así por el solo hecho de no haber matado nunca a nadie, no le va a ayudar mucho pero hay tant@s.

Lo nuestro

Lo nuestro

 

Algunos animales suelen marcar lo que consideran su territorio esparciendo orina por él. Creen que el olor ahuyenta a los intrusos de sus posesiones porque la excreción indica que aquél lugar tiene propietario. Esa escatológica manera de diferenciar lo suyo, es mucho más sutil que la empleada por hombres y mujeres. Nosotros también marcamos lo que consideramos que es nuestro. Marcamos a los animales con hierro candente. No es nada comparado cuando se trata de firmar la posesión sobre nuestros semejantes. No nos basta con dejar huellas en su cuerpo que señalen nuestro paso por él. Eso puede resultar relativamente sencillo. A veces horadamos el alma de tal manera que las imaginarias fronteras de nuestra jurisdicción no permiten que por ella salga nadie, o que algún intruso entre en ellas. No importa que “lo nuestro” nos sea de utilidad. Es el instinto de poseer el que prevalece. No nos hace falta construir barreras o muros de hormigón que rotulen nuestra zona. Basta con aparecer de vez en cuando por las lindes del territorio haciéndonos evidentes a los habitantes que merodean por el espacio. Es precisamente en los momentos en que nuestro instinto animal –esta vez si- ve la posibilidad de fuga de la pieza. Es cuando sellamos las salidas aunque para ello tengamos que desparramar nuestra mierda.

 

Huída

Huída

Huí de mis obsesiones yendo en busca de la libertad en el desierto de mis realidades. Una vez allí, por encima de mi cabeza, una manada de buitres trazaba círculos como señal inequívoca que su sustento de carroña andaba cerca. Tuve miedo al pensar que el objetivo del hatajo de comedores de putrefacción fuese yo, un cuerpo cerca de la desintegración anímica, tras librar una ardua batalla con una alucinación que me había mantenido encadenado durante meses. Decidí no mirar arriba como si el no hacerlo ahuyentase el peligro. Algo parecido hacía cuando era niño tapándome la cara con la almohada para no ver la oscuridad, señora de mis pesadillas que desaparecían, por arte de magia, cuando quedaba dormido. Ahora no podía ni cerrar los ojos. Sabía que si lo hacía sería pasto de la rapiña.

 

Busqué un oasis de ilusión entre aquellas dunas de evidencias, para mantener la apariencia de estar vivo y superar aquél peligro. Era consciente que, encontrar ese oasis, comportaría volver a mi prisión de obsesiones. Pero el graznido de los buitres, cada vez más próximo, anunciaban que el ataque se produciría de inmediato. Eso y que mis piernas se hundían una y otra vez en la arena de las convicciones, me hicieron pensar en lo inútil de la búsqueda. No iba a tener tiempo, así que tomé otra determinación. Enfrentarme a los carroñeros. Giré bruscamente mi rostro hacia ellos, desafiante, intentando disimular la súplica de que fueran certeros en la primera embestida y encontrasen rápido mi arteria para acabar cuanto antes. Mis ojos se dieron de bruces con lo más abrupto de las certezas en mi desierto de realidades. A lo lejos, una manada de buitres tan numerosa que eclipsaba el sol, despedazaba a su presa al lado de un arroyo donde, orgullosa, se erguía una palmera .

Espejo oscuro ( y II)

Espejo oscuro ( y II)

 

Los puntos de referencia de aquél ambiente, luces y sombras, le llevaron a la única conclusión posible. Él era la claridad que existiría mientras sus pasos se encaminasen hacia delante aunque eso supusiese dar vueltas en círculo durante toda su existencia. Asumió el riesgo. Era mucho mejor eso que ser fagocitado por una enorme mancha negra. Caminó sin parar durante horas, tal vez días, posiblemente semanas, sin sentir hambre, sed o cansancio. Aquél reto de un paisaje sin horizonte le retroalimentaba. Anduvo titubeante al principio, después, cuando sus muslos se reafirmaron en aquél mundo inhóspito, con paso firme, luego, cuando la ansiedad se apoderó de él, empezó a correr dejando estelas luminosas como estrellas fugaces en el camino ya recorrido. Era tanta la necesidad que sentía en llegar a algún sitio que no se percató que sus piernas avanzaban con mayor lentitud no por un agotamiento que no tenía, sino a causa de la húmeda densidad que había transformado el ambiente en una viscosidad por la que era difícil adelantar. Hasta llegar a un punto en que le fue imposible avanzar. Allí estaba, frente a una pared impenetrable en un desconocido momento de su existencia. Fue entonces cuando ocurrió.

 

Un fogonazo luminoso que provenía detrás de aquél muro le hizo cerrar instintivamente unos ojos que durante mucho tiempo se habían acostumbrado a navegar en la oscuridad. Pasaron diez minutos sin que pudiese abrirlos. Sin que se atreviese a abrirlos presa de un irracional miedo a conocer su situación cuyo final intuía próximo. A medida que sus ojos se acostumbraron al torrente de luz, los fue abriendo. Lo que antes era una muralla inexpugnable, apareció ante él como una fina, aunque resistente, lámina dúctil y transparente. A través de ella pudo ver el contorno de una figura que fue haciéndose más nítida a medida que se acercaba a ella. Las líneas de la silueta se hicieron diáfanas y supo que era Él a quién estaba viendo tras aquella especie de membrana transparente. Pegó su cara a la piel del ojo como si eso diese sentido a lo que estaba viendo, al terror que sentía cuando de repente recordó haberle dicho a Ella, mirándola fijamente: “quiero bucear en la profundidad abisal de tus ojos hasta alcanzar la cima de tu alma”. Justo en el momento en que, descuidadamente, frotaba la lámpara de Aladino .

Espejo oscuro (I)

Espejo oscuro (I)

 

Inspiró profundamente como si quisiera tragarse la oscuridad que lo envolvía. No entendía qué hacía en aquél lugar en el que la única luz era proyectada por su cuerpo mientras trataba de recuperar la memoria reciente intentando saber qué le había llevado a esas tinieblas, quién era antes de llegar allí. Todo en vano. Lo único que acudía a él, era el recuerdo de sus sentidos, sensaciones que hablaban con él, diciéndole que la negrura le era familiar, extrañamente conocida, tanto como el cerrado silencio que se colaba en sus oídos o el olor a tinieblas que aspiraba su nariz. Se incorporó, o eso le pareció, dando unos pasos en aquél espacio sin firme ni cielo. Al hacerlo, vió que algo especial estaba ocurriendo en aquella atmósfera que se le antojó circular. Si avanzaba, la luz de su cuerpo se hacia más intensa. Si hablaba, su boca articulaba las palabras pero la oscuridad le devolvía su mutismo. Eso le hizo temblar, por primera vez, de auténtico desamparo. Casi en un acto reflejo desandó lo andado frenando en seco su acción al comprobar, horrorizado, que a medida que se retrasaba en el camino, su imagen era engullida por las sombras hundiendo al espacio en una gran mancha negra, espesa, muda, sin vida.

 


 

 

Nada

Nada

Nada es ausencia. Ausencia de la ausencia.

 

Nada es vacío. Vacío lleno de Nada. Espacio dónde no existen los espacios, ni es posible la existencia.

 

En la Nada no hay dolor, podría parecer una ventaja pero no lo es, porque tampoco hay placer. Sensaciones que nunca serán.

 

En la Nada todo es verdad esa entelequia que persigo pero no busco, porque también todo es mentira. Lo que sé cierto es que allí no hay Nada.

 

A veces quiero la Nada pensando en que allí encontraré silencio, pero no es así. Hay sonidos que ensordecen unos oídos que no están en cuerpo alguno.

 

En la Nada no puedo soñar pero me da igual porque es un mundo sin Nada en qué soñar, sin Nada que desear.

 

En la Nada no se muere. Todo es inmortal en una vida que no hay.

 

Hace mucho tiempo, la Nada me gustaba porque en ella no hay guerras. Ahora me provoca una tristeza imposible porque me es difícil entender que tampoco haya paz.

 

Imagino que estoy suspendido en la Nada, pero eso no puede ser porque en ella yo no soy, ni tampoco imagino. Es como una realidad donde no hay realidad. Una ficción que no es, como ésta que escribo de Nada.

Pasar por el aro

Pasar por el aro Estaba en el vestidor del gimnasio cuando algo, mejor dicho, alguien me llamó la atención por un colgante que se balanceaba en su cuerpo. No fue porque el susodicho aro pendiese del pene del sujeto , por cierto, escrupulosamente depilado lo que hacía más evidente el arete. Tampoco despertó mi curiosidad pensar cómo fue a parar allí el anillo, si en un acto voluntario producto de un momento de arrebato amoroso o, por el contrario, el sujeto acababa de ser víctima de un accidente al tirar de la cadena en el retrete y, por una cuestión de azar, una de las argollas de la cadena fue a parar ahí clavándose en tan noble parte. Ni siquiera me vino a la mente imaginar cómo serían las relaciones sexuales del individuo tratando de introducir su decorado miembro en cualquier agüjero que le pudiese apetecer. Lo que en realidad quería saber y quiero ya que mi inquietud aún no está satisfecha (no era cuestión de ponerse a mirar indagatoriamente la verga del personaje en el vestuario) es si la ajorca aguantaría los cien quilos de humanidad que, a ojo de buen cubero, debía pesar el tipo cuando se ensartase en la barra de estiramientos no vaya a ser el caso que se rompa (la barra) y me quede sin mi dosis de salud muscular semanal.

Mujer de magia negra

Mujer de magia negra

Ella no lo sabe pero cada día, invariablemente, El visita los espacios de luz que quiso dejarle en un oscuro mundo de mentiras universales.

 

Ella ignora que para El poco importa el contenido, las dimensiones o quién ocupa esos rincones porque sabe que no son suyos, ni nunca lo serán.

 

No es eso lo esencial.

 

Son de Ella, es lo que a El le interesa, percibir que sigue ahí lanzando destellos que exciten sus ojos, ojos que se cierran porque son incapaces de soportar el resplandor.

 

Muchas veces El mantiene los ojos abiertos para no perderse ni uno solo de la gama de colores violeta, rojo, azul, verde y hasta negro que relampaguean las luces. Intuye que ese fuego policromo no quemará sus ojos porque las lágrimas lo impedirán.

 

Y si por casualidad El llegara a la ceguera por querer encerrar en su retina los colores de Ella, tampoco le importaría porque la última imagen que vería de este mundo sería su luz. Eternamente prisionera de El.

 

Eso es lo esencial.

 

Ella no lo sabe pero cada día, sin malgastar ni uno, El va al encuentro de la ceguera.

El reloj de arena

El reloj de arena

Le dijeron que aquél reloj de arena tenía propiedades mágicas. Cuando lo adquirió en una tienda de antigüedades de Piccadilly Circus, el propietario le dio las instrucciones no escritas. “Si consigue que la arena vaya en sentido contrario de donde tiene que depositarse, controlará su tiempo” le explicó.

 

Eso hacía día tras día intentando recuperar sus momentos perdidos. Giraba el reloj y pedía, en un esfuerzo mental imposible, que la arena fuese hacia arriba pretendiendo que volviesen los días en que perseguía el amor colegial de una quinceañera de profundos ojos negros a la que veneraba en silencio. Ella nunca se enteró de esa pasión infantil ni tampoco cuando se convirtió en amor adulto. Él jamás le confesó su devoción. Y pasó lo que suele pasar en esas situaciones. El silencio se convirtió en distancia y ésta dio paso al olvido, pero no para él que siguió amándola. Ahora, a sus cuarenta años, supo que ella se había divorciado y creyó que había llegado su oportunidad. Pero en vez de ir a buscarla prefirió confiar su suerte al sortilegio del reloj de arena. No funcionó.

 

Llegó a creer que el tiempo era la arena y que sólo la controlaría si la cogía entre sus manos para hacerla caer a su antojo. Cuando tuvo la arena en sus manos se le escabulló como agua entre sus dedos y vino otro tiempo futuro en el que le envolvía la oscuridad. Tuvo miedo y se puso a correr tratando de zafarse de las tinieblas sin darse cuenta que, por fín, había llegado al tiempo en que ya no había Tiempo.

Caos

Caos

La dispersión lleva a la confusión y éste al desorden, antesala del caos. Particularmente me resulta divertidísimo instalarme en el caos.

Entre mazmorras (y 3ª parte)

Entre mazmorras (y 3ª parte)

Fue ella la que rompió el silencio.

- Deberás hacer algo por mí.

- Lo que sea.

- Hace algún tiempo estaba locamente enamorada de un hombre que jugaba con mil mujeres y yo era una más para él. Era consciente de su volubilidad, pero le amaba profundamente y por eso me propuse que haría lo que fuese para hacerlo mío. Fue entonces cuando hice un pacto con el “gran felino”.

- ¿El “gran felino”?- interrogué.

- Si, es el dueño de este castillo. Le llamaban el “gran felino” y era descendiente del marqués de Sade.

- ¿Y cual era vuestro compromiso?-pregunté ávido por conocer la historia.

- El compromiso consistía en que él me enseñaría las artes de la seducción que me permitiesen conseguir a mi amado a cambio de convertirme en su esclava. Estaba dispuesta a asumir el alto precio que había de pagar, sólo con saber que sería solo para mí. Así lo hicimos. El me enseñó todo lo que conocía y yo apliqué esas enseñanzas en la conquista y resultó - hizo una pausa y noté como los ojos se le llenaban de lágrimas- Se convirtió en mi esclavo total y absoluto. Pero yo tenía que cumplir mi parte del trato con el “gran felino”. Me traía a esta mazmorra en la que ahora estoy y ahora ves, a salvo de todas las miradas, y me obligaba a obedecerle en todo aquello que le apetecía. “Tu única voluntad y tus únicos deseos serán los de tu amo. Harás todo lo que te ordene diciendo siempre, si mi amo. Y cuando me apetezca o hagas algo que no me guste serás castigada, para que aprendas. No esperes que tenga compasión de ti”, me decía.

- ¿Y qué pasó luego? ¿Por qué estás aquí, sin poder salir?- mi asombro iba en aumento.

- Pasó que quise romper el pacto y el “gran felino” me castigó. Decidí huir con mi esclavo pero mi amo nos encontró. Entonces me dijo: “Ahora sabrás lo que son el dolor, el asco y la angustia. Pero a tu amo le gustará ver tu carita asustada y su satisfacción será la tuya. Aprenderás a encontrar placer en tu dolor y llegará un día, ya lo verás, en que tu misma desearás llegar mas lejos, poner a prueba tu capacidad de resistencia y demostrarte que realmente eres una buena esclava. Entonces te ofrecerás a tu amo y le dirás: mi amo, si tu lo ordenas tu esclava está dispuesta a complacerte haciendo eso o lo otro para ti. Y yo aceptaré si me apetece”. A mi amado lo envió justo a la celda que está al lado mío… muriendo de pena al cabo de unos meses. A mi me convirtió en gato. Tapió todas las entradas de la mazmorra excepto esta ventana por la que me ves. Por ella puedo salir pero únicamente convertida en gata. Si quiero recuperar el aspecto con el que me ves ahora, debo entrar en la prisión…

- ¿Y dónde está él ahora? –me interesé por saber su paradero no fuese a aparecer y acabase en otra fría ergástula. Aunque mi deseo por aquella hembra fuese grande, no lo era tanto como para pudrirme en uno de aquellos tétricos garitos.

- Cuando murió mi sumiso, él venía todos los días a someterme a sus juegos y lograr que me convirtiese en una buena esclava como me había dicho. Lo consiguió y eso lo alejó de mi. Hace unos años que marchó sin decirme nada. Por eso te fui a buscar, porque necesito de ti para romper el encantamiento.

- ¿Y qué podría hacer yo?

- Verás, unos días antes de marcharse, el “gran felino” me reveló cual era la forma de que recuperase mi forma. Tengo que encontrar a alguien que me haga suya bajo mi aspecto de gata…

 

Me quedé paralizado del terror. Mis manos se congelaron casi al momento y mi estómago se convulsionaba provocando unas arcadas cuando imaginaba a aquella gata, si bien bella, dentro de mi boca y enroscando su lengua con la mía… Pero al mismo tiempo la deseaba como jamás había deseado ni desearé a ninguna mujer. Y esa fuerza era sobrehumana también. ¡Lo juro! Accedí. Lo reconozco soy débil para los asuntos de la carne. Así que, de un salto, ella se situó en la ventana tomando inmediatamente su aspecto de gata… Se situó frente a mi y yo la agarré por debajo de sus patas delanteras alzándola a la altura de mi cabeza. Inicié el camino hacia su boca… perdón, hocico. De repente escuché como la gata empezaba a emitir aquella especie de silbido que se les escapa cuando están ante una situación que les excita...

...“ffffffffiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuu”…

“¡¡ ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?!!” Acerté a balbucir asustado…

“fffiiuuuuuuuu, fiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuu”

El sonido se había vuelto más intenso y laceraba mi cerebro sin compasión…

“fffffffffffiuuuuuuuuuuuuuuuuu”

Abrí los ojos. “¡¡¡Me cago en la ….!!! ¡¡Cada año igual!! ¡¡Cada año me pasa lo mismo. No me acuerdo de desconectar el despertador y el primer día de vacaciones también madrugo!!” “Bueno” pensé en ese estado de duermevela “tal vez el año que viene la gata se haya afeitado el bigote”… y es que no soporto los pelos en mi lengua.

EPILOGO:Veamos mentes calenturientas. Leer bien el cuento y recordar las palabras que dijo la "mujer-gato". En ningún momento habló de morrearse con nadie, sino de encontrar a "alguien que la hiciese suya bajo el aspecto de gata". Lo único que tenía que hacer el protagonista de la historia era ponerle una correa en el collarín y ya está. ¡¡ Si es que siempre estáis pensando en lo mismo, por los dioses !!. Con razón la gata se asustó tanto al ver acercarse a sus morros al individuo. Debéis saber que a las gatas no les gustan los humanos, les gustan los gatos. Las gatas consideran todas las demás prácticas una aberración... :-P

NOTA ACLARATORIA: Las fotos del cuento son originales y de modelos reales. Absteneros de pedirme referencias de la "gata" (yo la ví primero).

FIN: Salgo unos días de vacaciones pero, como ya os he dicho muchas veces, quiero ver la página llena de vuestros comentarios. Soy muy sensible y cualquier desdén me afecta sobremanera. Además me llevo ordenador y puedo reaparecer en cualquier momento (y no es una amenaza ¿eh? :-)). Ah! Y os quiero ver a tod@s, que no me falte nadie. Feliz vida.

Entre mazmorras (2ª parte)

Entre mazmorras (2ª parte)

Entré en el interior del recinto amurallado que ofrecía un espectáculo dantesco. Bajo el velo de la niebla que cubría aquella especie de plaza, se amontonaban grandes masas de piedra que habrían conformado las paredes de habitaciones llenas de años de historia.

 

Sentí una risa a mis espaldas: fue como música. Giré la cabeza y la ví fugazmente corriendo hacia las escaleras que se perdían en los sótanos del castillo. Yo la seguí, hipnotizado por su olor a tierra. Descendí por unas estrechas escaleras hasta las entrañas de la fortaleza que, contrariamente a lo que ocurría con la estancia superior, permanecían intactas. Allí no alcanzaba la luz lo que le daba al ambiente un aspecto aún más lúgubre y oscuro. Llegué a pensar si aquellos corredores podrían albergar algún tipo de vida. El perfume que llegaba de las mazmorras me dio la respuesta a la vez que avivó mis sentidos. Una de aquellas mazmorras me llamó la atención. A diferencia de las otras que allí se alineaban, ésta tenía una forma abovedada y sus dimensiones eran considerablemente más grandes que las otras. Además, el único acceso a la celda, era un ventanuco de escasos diez centímetros de diámetro imposible de traspasar por cualquier figura humana. No obstante tuve la extraña sensación de que la mazmorra albergaba algún fantástico secreto que me iba a ser revelado, en cuanto mirase a través del tragaluz. Al hacerlo mi aliento se cortó de golpe y sentí una puntada en el centro del corazón…

 

¡¡Una mujer¡! ¡¡Una mujer estaba encerrada allí!! ¡¡¿Pero cómo era posible?!!. Mientras me hacía esa pregunta, observé el curioso parecido que la mujer tenía con la gata que me había traído hasta ahí. Llevaba un traje de cuero negro muy ajustado, que la cubría hasta los hombros, dejando sus pechos fuera. Un pequeño antifaz cubría sus ojos lo que no me impidió ver su rostro. Impactante. Sus rasgos eran hermosos, mediterráneos, su rostro era fino y alargado, de tez pálida y tersa. Quizá demasiado blanca. Un collar rodeaba su cuello con una tira de cuero que descansaba en la línea que separaba sus pechos. Pero, ¿quién era? ¿Cómo era posible que estuviese en aquella mazmorra? Sabía que la estaba mirando a través de la abertura, clavó sus ojos en mí sonriendo, mientras se dirigía hacia dónde yo estaba, casi flotando por la estancia.

 

Alargó su mano a través del ventanuco para que se la cogiese, cosa que hice al momento, deseoso de conocer el tacto de su piel. Instantáneamente su contacto me calmó. Una extraña dulzura me envolvió, recorriendo cada centímetro de mi carne como electricidad estática, con efecto balsámico sobre mi angustiada lógica. El olor a rosas, humedad y sal, que me había acompañado en mi caminar hasta el castillo, fluía por aquella rendija. Lo inconcebible de la situación me hizo pensar que quizás había muerto aquella misma noche y aún no lo sabía y me hallaba en otro estado, entrelazado con un ángel o un demonio. Como sea, aquél contacto me subyugaba, me derretía, era irresistible. Me apagó los nervios y me encendió la sangre. Anestesiada mi angustia por algún efecto misterioso del que no tenía conciencia, intenté hablarle, pero sus dedos largos y cincelados se posaron sobre mis labios, acallándome sin ninguna resistencia.

Entre mazmorras (1ª parte)

Entre mazmorras (1ª parte)

“Cuando ella me pidió lo más oscuro, descendí hasta el centro mismo del infierno por hacerla feliz. Cuando ella susurró en mis oídos palabras de sangre, tendí mis manos más allá de los límites para teñir de rojo su felicidad. Cuando ella me abrasó como un fuego y me pidió la vida de mis seres queridos, llorando se la di para saciar su sed. Hoy al amanecer, dormida junto a mí, ví en sus sueños mi muerte y quise huir. La calle estaba fría. Volví para tenderme de nuevo junto a ella, y velar su sueño, abrazándola hasta su despertar” (Jordi Cebrián-2001)

 

Son las dos de la madrugada. El silencio y la quietud de la oscuridad llena todos los rincones de la ciudad, colándose en el interior de las casas a través de las ventanas que permanecen abiertas tratando de absorber algún hálito de viento que alivie el asfixiante calor de esa noche de finales de julio. Una sobrecarga en la red eléctrica que suministraba al barrio, ha inutilizado el aire acondicionado y lo ha dejado en tinieblas. Así que nada perturba el sosiego de las sombras. Ni el aire, ni la luz.Trato de dormir entre las gotas de sudor que ahogan mi cara y bañan de agua caliente mi cuerpo. Me incorporo en la cama buscando alguna referencia que me ayude a conciliar el sueño. El abrumador silencio hace daño a mis oídos. En eso, en la calle, una sombra se mueve fugazmente, enganchándose por una fracción de segundo en la periferia de mi visión. Supuse que se trataba de un animal y me dirigí hacia la ventana. De entre los matorrales que cercan el estacionamiento surgió algo que se me plantó al frente con rapidez. Se trataba de un gato. Un enorme angora blanco de ojos azules destellantes, como diamantes vivos. El felino me miró, lamiendo su boca pequeña, la que a su vez abrió para enseñarme sus colmillos puntiagudos y su lengua rosa pálido. Yo me hallaba paralizado, sin haberme recuperado del sobresalto. Sin embargo, el animal me gustó al instante. Le sonreí pues me agradó su belleza, después de todo siempre sonreímos a las cosas hermosas. El angora estiró sus patas y dio un salto lleno de elegancia, desapareciendo en la oscuridad, tragado por los matorrales.

 

 

 

 

Volví a la cama intentando llevar al sueño la visión de aquél felino tan especial. Mis ojos comenzaban a cerrarse cuando entre la penumbra de los arbustos, logré distinguir una mancha blanca que se desplazó furtiva. Sentí curiosidad. Me incorporé despacio, salí al balcón y cuando estuve frente a la malla que me separa del jardín ví al angora blanco. Se acercó a mí saludándome con un acortado maullido. Yo le miré fascinado. El animal se levantó en dos patas apoyándose sobre la tela metálica. Su torso era liso, aperlado, con delgadas venas azules transparentadas a través de la piel. Noté que se trataba de una hembra. Erguida y orgullosa, el angora permaneció con sus ojos fijos en los míos por unos instantes, y al igual que la primera vez, se marchó de un salto. Regresé a la cama en medio de largos bostezos, cuando percibí un olor fino, mezcla de rosas, canela y sal que me embriagó. Hipnotizado por mi sueño-visión y en medio de una borrachera que me producía el olor, tuve la sensación que estaba a punto de traspasar las puertas de una dimensión desconocida que, literalmente, se estaban abriendo ante mis narices. Decidí seguir mi instinto y la fragancia que impregnaba cada vez más mis sentidos, envueltos en una extraña dulzura.

 

 

 

 

El olor se perdía por una vereda que conducía a un pequeño promontorio fuera de la ciudad. Intuí que era el aroma que precedía a la gata. Supe que ella, de alguna manera me estaba conduciendo a ese espacio para mí inexplorado y atrayente y no dudé en tratar de alcanzarlo. No me di cuenta del tiempo que había estado caminando hasta que percibí la claridad del día que despuntaba. Sin saber cómo me metí en la espesura de una niebla que apareció de la nada. Me pareció escuchar a la gata maullar, rompiendo la primera luz de la mañana. Era su reclamo. Cerré los ojos y la olí provocando que mi respiración doblase su ritmo y que mis manos se humedecieran. Su dominio, si, su dominio, era devastador y penetraba por cada poro de mi piel, invadiendo todos y cada uno de los pasadizos de mi mente. Seguí unos metros más y, de repente, saliendo de las entrañas de la tierra se alzaban imponentes, rodeadas de bruma, las torres de un castillo.

 

 

Allí me dirigí entre una mezcla de deseo y temor, el estimulante más potente para mí…

 

Déjà vu

Déjà vu

Durante todo el día me ha parecido que todo lo que me estaba ocurriendo ya lo había vivido. He escarbado en los sótanos de mi mente intentando averiguar si, ese “déjà vu”, era fruto de alguna película que había visto, de un sueño o, tal vez, esas situaciones cotidianas me ocurrieron realmente en el pasado. Como no he podido saber cuál era el origen de esa sensación, estoy empezando a imaginar otras teorías. Pudiera ser que, cuándo atraviesas esa línea teórica que marca la mitad de la vida, el tiempo da una vuelta similar a la que un nadador hace en una piscina para regresar al lugar de origen. Esa situación permitiría volver a encontrarme con hechos ya vividos. Primero los más recientes, luego los lejanos de la infancia. La hipótesis cae por su propio peso ya que, llegaría un momento en que vendrían a nuestra mente, imágenes que nos ocurrieron cuando éramos unos embriones y, lo cierto, es que no conozco persona que narrase recuerdos de sus brazadas en el líquido amniótico. Desechada la idea, me he planteado si lo que en verdad ocurría es que son los demás los que se repiten y me provocan esa impresión. O a lo mejor soy yo el que insiste una y otra vez en las mismas cosas y no me estoy dando cuenta (si es así espero que algún alma caritativa me lo diga)

 

No lo sé pero, lo que sí es cierto, es que vuelven a mí lugares y personas de un pasado con idénticos gestos e iguales palabras. Y es que, en definitiva, nada cambia. Sólo se transforma y conviene saber en qué.

¿Muerte injusta?

¿Muerte injusta?

Hasta la saciedad estamos oyendo y leyendo que la muerte es injusta y nosotr@s asumimos esa premisa como una verdad incontestable. ¿Injusta? En absoluto. La muerte es el único acto de la vida con mayor carga de justicia que existe. Es la única que nos trata a tod@s por igual, con independencia de sexo, raza y condición social. Si de justicia hablamos, la muerte es mucho más justa que la vida que, esa sí, diferencia a un@s de otr@s. La vida no nos quiere por igual mientras que, la muerte siempre nos acoge ¿Dónde está pues la arbitrariedad, en la vida que nos es infiel o en la muerte que nos anhela?

La muerte tiene un precio

La muerte tiene un precio

El éxito profesional la había acompañado durante toda su vida. Eso le supuso la servidumbre de carecer de intimidad, unas veces consentida cuando mediaba precio por medio, otras robada cuando no era así. Llegó un momento en que sus triunfos eran tantos y sus ingresos tan suculentos, que no necesitaba mercantilizar sus andanzas en exclusivas vendidas a prensa del corazón y medios de comunicación afines. Era un personaje público, “la más grande del País”, decían y por tanto al alcance de todo el que quisiera saber de su persona. A su alrededor florecieron cónyuges, hij@s, yernos, cuñad@s, nueras, herman@s, suegr@s, prim@s, abuel@s, espabilad@s vividor@s de todo pelaje, personajes que vivían de vender la fama ajena en beneficio propio. Vidas anónimas y, en el mejor de los casos, mediocres cuyo único mérito esgrimido era el parentesco o haberse cruzado, la mayor parte de las veces tangencialmente, en la vida de aquella persona tan popular. Y de eso hicieron su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día, hace ya muchos meses, aquella persona de fama anunció al mundo entero que se encontraba gravemente enferma. Una palabra terrible con un adjetivo no menos espantoso recorrió todas las linotipias y redacciones de los medios de comunicación. Tod@s sabían que aquella dolencia era una sentencia de muerte y en un plazo corto. Aún así, la persona famosa, gastó gran parte de sus recursos en tener la mejor asistencia médica y hospitalaria en su País y en ultramar.

 

 

 

 

 

 

 

 

- Que ha dicho el médico que está en las últimas. Que es cuestión de horas.

 

-¿Y no ha especificado cuanto tiempo queda?

 

-No lo sabe. Él ya no puede hacer nada más para que aguante.

 

-¡Vaya por Dios! –dijo el personaje con voz de fastidio- ¡Y todavía no he llegado a un acuerdo con el tema de la exclusiva! Oye, pregúntale si le puede dar algo… No sé, eso los médicos saben como hacerlo, para que resista un par de días más. Piensa que, como se vaya al garete lo de la exclusiva, vamos a perder un dineral y con lo que se ha gastado en tratamientos, no nos va a quedar nada para nosotros.

 

- Veré qué me dice. Aunque también, si se muere sin que hayas podido cerrar lo de la exclusiva, podríamos despistar a la prensa con alguna información diciendo que está estable dentro de la extrema gravedad…

 

- ¡¡Pero cómo quieres despistar a la prensa –se enfureció quién parecía llevar la voz cantante- si ya hay gente por la casa que va vestida de negro ¡! ¡Anda ve a ver qué te dice el médico de una puñetera vez!

 

 

NOTA: Imágenes tomadas de la película "La muerte tenía un precio", dirigida en 1965 por Sergio Leone

Entre barrotes ( y 3ª parte)

Entre barrotes ( y 3ª parte)

 

Los días que siguieron a ese primer encuentro se ajustaron plan configurado por Berta. “No amor, sólo sexo. Todo bajo mi control” era la estrategia que ella se había grabado en su mente. Igor se comportaba como el amante perfecto. Hombre de pocas palabras (lo cierto es que el lenguaje del sexo no necesita discursos, ni declaraciones grandilocuentes. Es simple y escaso y ese, Igor, lo dominaba a la perfección), colmaba de atenciones a Berta. Ni un solo día desde que la había visto, se olvidaba de enviarle unas rosas o unas petunias o unas lilas. Cada día, cuando ella se lo permitía (y se lo permitía siempre) la iba a buscar al despacho de arquitectos y siempre, siempre acababan la velada follando como posesos. Como si aquél día fuese el último de sus vidas. Así lo quería Berta. Era la que dirigía el guión no escrito que Igor seguía como un actor solícito siempre a las exigencias de Berta. Eso colmaba sus exigencias y mantenía a raya el límite que sus sentimientos nunca debían cruzar. De esa manera mantenía su cuerpo satisfecho y su mente ocupada inventando mil maneras, mil posturas, mil lugares, que Igor siempre interpretaba a la perfección. La sumisión total de un macho insaciable, su macho al que no le importaba representar el papel secundario.

 

Un día Él la llamó al despacho.

 

- Buenos días “amog”- le dijo al otro lado del teléfono con el acento suave y arrastrado de quién se esfuerza en aprender un idioma extraño- Hoy no me “espeges” a la salida del despacho. Ves a tu casa “digectamente” y yo “igé” “paga” allá.

 

- ¿Ocurre algo?

 

- Nada “amog”. Es una “sogpesa”. Ponte bien bonita y sexy “paga” una noche especial. Te “adogo”

 

Siempre acababa las conversaciones con un “Te adogo”, porque Igor sentía eso por Berta, adoración. Era su diosa a la que veneraba cada día desde hacía un mes en un altar cuyas formas cambiaban dependiendo del lugar dónde los amantes rezaban la oración del sexo. Una cama, la alfombra del comedor, la mesa de la cocina, la bañera redonda eran los lugares sagrados para su liturgia diaria.

 

Berta no había tenido tiempo para expresar su opinión ya que se encontró con el “clic” sonándole en el audífono. No le importó porque la voz de Igor sonaba tan suave y dócil como siempre. Al llegar a las ocho de la tarde de ese día espléndido de primavera salió del despacho y se dirigió al chalet de Matadepera, en las afueras de Barcelona donde vivía. Una coqueta vivienda unifamiliar que ella misma había diseñado y construído en un terreno heredado de su difunto marido.

 

A eso de las nueve y cuarto oyó el ruido de un vehículo que estacionaba justo enfrente del porche del chalé. Desde la ventana vió como Igor descendía de una furgoneta de esas que trasportan paquetería y mobiliario pequeño. De la parte trasera Igor sacó, con cierta dificultad, un objeto de considerables dimensiones, plano y alargado, envuelto en una especie de papel cartón. Berta miraba extrañada y en silencio toda la operación. Cuando advirtió que su amante se dirigía a la entrada de la casa cargado con aquél extraño artilugio, fue a abrirle la puerta.

 

- ¡¿Pero que traes ahí?!

 

- Ahora lo verás “amog” – contestó Igor con una sonrisa pícara mientras entraba en la casa.

 

La curiosidad de Berta hizo que ésta empezase a desembalar el paquete en el recibidor.

 

- Pero… pero si es… ¡un cabezal de cama¡ -dijo entre sorprendida y nerviosa.

 

 

 


 

 

Efectivamente lo que Igor transportaba en ese paquete era un bonito cabezal de cama. Un cabezal de esos antiguos, de los de antes. De barrotes.

 

- Esta noche “jugagemos” a “polis” y “cacos” y “pog” una vez tu “hagás” de caco y yo de “poli” – dijo Igor mirando a su amada entre sonrisas que advertían la llegada de un juego lleno de excitantes partidas.

 

Berta pasó de la sorpresa a la agitación que le produjo el imaginar cómo se podían desarrollar las partidas de aquél juego… y deseó que empezase ya. Pero Igor aquella noche se había propuesto tomar el mando de la situación y no tenía prisa. Mientras ajustaba el cabezal a la cama en la habitación, Berta preparó la mesa de una manera que hubiese rendido al amante más hambriento. En el centro de la misma, unos candelabros de plata sujetaban dos velas que prendían dando una luz tenuemente azulada a la estancia. No hacía falta más luz. Esa disposición es lo único que Igor permitió que Berta hiciese. Eso y que eligiese la música que les acompañaría durante la cena. Los elegidos fueron “R.E.M.”, así que con el sonido de “Everybody Hurts”, se deslizaron miradas llenas de pasión, deseos más que confesados y roces ávidos de piel. Caliente, así es como Berta sentía su piel durante la cena. Un calor que fundía su interior hasta hacerse evidente en flujos de pasión que inundaban su entrepierna. Casi ni probó los platos que ella misma había preparado. Pensaba que saciaría su apetito, este si voraz apetito, en el juego que su amante le había preparado.

 

No les dio tiempo a terminar el postre en la mesa, una deliciosa mus fría de chocolate aderezada con naranja amarga y regada con un brut del 93, “Veuve Clicquot Le Gran Dame”. Champagne helado en contraste con el ambiente ardiente. Decidieron, más bien fueron sus piernas las que por inercia decidieron por ellos, terminar el postre en la habitación y pasar sin más preámbulos al juego. Ahora era “Dido” y su “Here With Me” quién les acompañaba. Igor, con el torso desnudo y calzado con unos vaqueros que realzaban su, todavía, atractiva figura, abrazaba y besaba a una Berta que se deshacía en sus brazos. Esta buscaba el sexo de su amante por encima del vaquero comprobando la dureza en la respuesta. Cuando Igor notó el contacto de la mano de Berta masajeándolo, la apartó suave y delicadamente. Hoy era él quién mandaba y quería hacérselo saber en esos pequeños rechazos. Así, de pie, le quitó el vestido dejando al descubierto un magnífico cuerpo de mujer que se adornaba únicamente con un minúsculo tanga que guardaba un triángulo que hacía aguas por todas partes. Sin apartar los ojos de ella la colocó en la cama, hizo que se estirase boca arriba y muy suavemente cogió sus manos llevándolas hasta los barrotes. “No te muevas”, susurró Igor al oído de Berta que, aunque se le hacía difícil no atrapar con sus piernas las caderas de su amante y empujarlo hacia su vientre, obedeció. Igor sacó unas esposas del bolsillo trasero de su pantalón y ató con ellas las muñecas de su amada a los barrotes del cabezal de la cama recién instalado. El juego había comenzado y Berta sentía que se quemaba. Consciente de ello su amante abrió otra botella de champagne y derramó su contenido por el cuerpo desnudo de ella quién, al sentir el contacto con el líquido frío, lanzó un gemido de placer. “Tu boca está seca, ‘amog’, bebe un poco”. Berta tragó aquél brebaje espumoso con avidez notando como se derramaba por la comisura de los labios…

 

- “Ahoga” viene lo “mejor”, “amog”- Y diciendo esto Igor sacó un pañuelo de seda con el que tapó los ojos de Berta quién perdida, se dejaba hacer todo lo que su amante, ahora convertido en policía-carcelero, le ordenaba.

 

Fue entonces, en esa oscura espera, cuando Berta notó como caía en un delicioso sopor. En un sopor denso que la arrastraba a otra oscuridad diferente a la que ella había imaginado minutos antes…

 

- Veamos señora, además de las joyas y las pieles ¿echa en falta alguna cosa más? ¿Tenía dinero en casa?... ¡¡ Alguien quiere apagar esa música ¡! – vociferó aquél hombre con cara malhumorada a los policías que se encontraban en el comedor, cuando Miguel Bosé atacaba el estribillo de su “Amante- Bandido”.

 

“Seré tu amante bandido, bandido

corazón corazón malherido

seré tu amante cautivo, cautivo

seré ahum!”

 

- Unos mil euros que siempre tengo para gastos corrientes – respondió una atribulada Berta al inspector obviando mencionar otros veinte mil que había cobrado en negro la tarde anterior de una factura del mismo color.

 

La velada le había salido carísima y, como recuerdo, su amante le había dejado un horrible dolor de cabeza provocado por el somnífero que le había suministrado Igor mezclado con el champagne. A pesar de eso Miguel Bosé insistía ajeno a la situación…

 

“pasión privada dorado enemigo

huracán huracán abatido

me perderé en un momento contigo

por siempre...”

 

- ¡¡¡ ¿Pero quiere alguien apagar de una vez la musiquita de una puñetera vez?!!!- el enojo del inspector iba en aumento- Perdone, señora, pero es que la canción me está poniendo de los nervios- dijo en un tono más suave dirigiéndose a Berta- ¿Qué me decía? ¡Ah, si! Que no encontraba a faltar nada más ¿Está usted segura?

 

Con un movimiento más propio del instinto que la razón, las manos de Berta se dirigieron hacia el pecho. Comprobó que el corazón aún le latía. Esbozó una misteriosa sonrisa mientras pensaba que su amante le podía haber robado su hacienda, pero no el corazón. Ella, por una vez, había ganado la partida.

 

Entre barrotes (2ª parte)

Entre barrotes (2ª parte)

“Pero en absoluto me robarás el corazón”, se repetía una y otra vez Berta en su ejercicio de auto convencimiento. Para que aquello no sucediese debería ser ella quién tomase la iniciativa, ya que así dominaría en todo momento la situación, doblegando la voluntad de aquél hombre y teniéndolo literalmente a sus pies. Se había propuesto ser ella quién lo conquistase. No era tarea fácil ya que Igor hacía gala de una verborrea envolvente y seductora. Así que Berta decidió desarmarle de palabras y le pidió que le acompañase a casa.

 

- Creo que he bebido demasiado y no estoy en condiciones de conducir. Mañana volveré aquí a por el coche- comentó Berta.

 

Cogieron la carretera que bordeaba la costa en lugar de la autopista que hubiera acortado aquél momento en algo más de veinte minutos. “Hace una noche espléndida”, dijo Berta, “y me gusta contemplar el color plateado del mar a la luz de la luna”. A Igor parecía encantarle el juego que le estaba proponiendo Berta, dejándose llevar como si fuera un fiel sirviente. Su satisfacción aumentó cuando ella dijo que parase el coche en una especie de mirador al mar. Silencio absoluto. Apenas clavaron los ojos el uno en el otro, se besaron. Con la furia de un deseo que parecía contenido durante años. Hundiendo las bocas. Aspirándose el aire de los pulmones y llevando las lenguas hasta lo más profundo de sus gargantas. Enroscándolas en un húmedo y cálido abrazo. En unos instantes se arrancaron literalmente la ropa y ella se quedó con un tanga de hilo y él completamente desnudo, como si ese fuese el signo de sumisión que Berta le exigía.

 

Igor sacudió la cabeza hacia atrás. Una especie de gruñido de satisfacción salió de su boca y ella bajó la cabeza. Él, incorporándose un poco, se apretó contra Berta y empezó a juguetear por sus nalgas pasándole los dedos por el fino algodón de las tiras de la braguita sobre la túrgida carne. Ningún sonido salía de ellos, salvo la respiración regular y profunda zumbando sobre sus cabezas. Y de testigos la bóveda que, más que nunca, era Universal para ella. Sintió que la mano de Igor alcanzaba su entrepierna, resiguiendo la irresistible curva dibujada por sus nalgas, y con un dedo, alcanzó la entrada de su vagina desde fuera de las bragas. La tela estaba empapada y Berta sintió que el pecho de Igor se fundía mientras frotaba y empujaba bien adentro, entre sus piernas, masajeando los labios vaginales, abarcando todo el pubis con su mano. Durante mucho rato se concentraron en las placenteras oleadas de ternura satisfecha que fluían desde el calor interno de sus cuerpos y el juguetear de los dedos de él. Berta alcanzó el orgasmo mientras Igor apretaba y acariciaba su clítoris. Descansaron unos momentos y, cuando parecía que ella, iba a iniciar la exploración del cuerpo de él, le susurró: “Vamos a casa. Allí concluiremos lo que acabamos de iniciar”.

 

Justo al traspasar la puerta de la casa de Berta, él se lanzó como una fiera en celo sobre ella apoyándola contra la pared, comiéndole literalmente la boca y volviendo a quitarle la ropa, con el desespero que emerge del deseo descontrolado. Bajó sus bragas justo debajo de la curva de sus nalgas. No pudo pasar de ahí porque Berta le estaba sujetando la muñeca. Le miró a los ojos, giró la cabeza por encima de su hombro e hizo un signo negativo ¡¡ Estaba diciéndole que no ¡!. Esa forma fue de las más embriagadoras, de las que más excitaron a Igor. De esa manera lo atrajo hasta la habitación donde ella lo empujó literalmente, encima de la cama, pero continuando con su desdén. Pacientemente, él espero hasta que Berta dejó de rechazarle y cuando ella se echó a su lado en la cama, se levantó y se puso sobre ella. El pene erguido, desafiante, encontró su nido en el hueco bajo su culo, fue entonces cuando empezó a balancearse atrás y adelante hasta obtener la respuesta de ella. Entonces sintieron toda la longitud de su cuerpo, piernas sobre piernas, torso sobre espalda. Los brazos de él reposaban pegados a los costados de ella y, con una mano, seguía abarcando su pubis mientras su miembro se deslizaba entre los dedos.

 

- Estoy haciendo esto conscientemente, tú lo estás haciendo conscientemente y estamos llegando al borde del éxtasis y de la comunión- le dijo Igor al oído, hundiendo después su lengua es ese oído hasta estremecerla.

 

Mientras más consciente era Berta de esa realidad recíproca, más excitada y húmeda se ponía ella, hasta que se derrumbó con una serie de pequeñas sacudidas indicativas de otro orgasmo. Cuando se recuperó, empezó a mover la pelvis en círculos, al mismo tiempo que empujaba adelante y atrás. Cada movimiento de ella excitaba los nervios del miembro de Igor, arrastrando el flujo de la sangre hasta la punta sensible. Cada movimiento en el que él se acercaba y hundía dentro de ella le transmitía la corriente a su vientre. Él lanzó un grito sintiendo el comienzo de su orgasmo. Cambió la marcha continuando, incansable, subido a la cresta de la ola. También lo sintió Berta y se puso en sintonía para acoger la sustancia que estaba a punto de estallar como un torrente. Decidió que, esta vez, iba a ser un orgasmo compartido por ambos. Momentos antes de que él se corriese, Berta separó ligeramente las piernas para abrirse más a él. El cuerpo de Igor se precipitó entonces dentro de ella con toda la furia contenida. Ella lo estrujó en el momento culminante y luego se derrumbó con contracciones salvajes y espasmódicas de su vagina.

 

Siguieron a la deriva de la duermevela por una zona entremezclada de pensamientos y sueños…

Entre barrotes (1ª parte)

Entre barrotes (1ª parte)

Estaba dispuesta a no entregar su corazón a otro hombre y es que su última experiencia amorosa la había dejado con el alma maltrecha. “De ahora en adelante”, se dijo, “mis relaciones con los hombres estarán ceñidas al sexo. Ya está bien involucrar sentimientos”. Berta, que acababa de entrar en la cuarentena, era una mujer inteligente y atractiva. Su trabajo como arquitecta y la viudez después de un matrimonio de más de quince años con un afamado constructor, le proporcionaron una posición económica más que desahogada. Su vida transcurría así plácida, sacudida con los únicos altibajos que le producían sus convulsos sentimientos, fruto de un carácter apasionado y tremendamente enamoradizo.

 

 

Por eso decidió firmemente poner en práctica su faceta frívola cuando coincidió con un atractivo cincuentón de aspecto algo bohemio, en una de esas fiestas sorpresa que se celebran al traspasar la significativa edad de los cuarenta. Él no había dejado de observarla con sus brillantes ojos azules desde que Berta entró por la puerta de la casa de la anfitriona. Se dió cuenta enseguida ya que Igor, que así dijo llamarse el galán, tampoco disimulaba su interés. Al final la abordó en el jardín con alguna frase convencional sabedor que Berta comprobaría que, a una imagen agradable, se unía una voz seductora que se adornada con el acento de algún innombrable país del este.

 

 

Durante toda la velada en la que Igor no se separó de Berta, ésta se mantuvo en la superficialidad desplegando una desbordante sensualidad de quién se sabe desnudada pero, hasta el momento, prohibida. La provocación acrecentaba el deseo de él, cada vez más sugerente en sus ademanes y en unos roces, cada vez menos furtivos. Ella se sentía cada vez más excitada presa de ese estado que se produce cuando ves cerca la victoria. “Recuerda Berta”, se repetía una y otra vez, “Solo sexo”. Las experiencias de Berta en este campo que se concretaban en el susodicho matrimonio de quince años con un hombre que le sacaba algo más de veinte y que estaba para pocos equilibrios sexuales y, al enviudar, en unos encuentros con un típico veinteañero ávido de experimentar con mujeres maduras a las que se supone de gran experiencia y sabiduría en las artes eróticas. Esa relación la había dejado vacía de sentimientos ya que Berta los volcó todos en aquél individuo que confundió con el hijo que nunca tuvo hasta que se percató que, lo que en realidad buscaba, era licenciarse en sexo. Al ver que Berta no era precisamente una catedrática, se dedicó a buscar por otras sábanas más dispuestas a enseñar. Por eso una relación con Igor, al que identificó como muy ducho en las lides amatorias, por su forma de cogerla del brazo y de acercarse a su oído para susurrarla cualquier cosa con la excusa de los decibelios musicales, le iría bien para adentrarse en los sótanos, en las alcantarillas del amor.

La autopsia que desearía...

La autopsia que desearía...

Corté suave con la pluma el cráneo de la noche le destapé, dejando al descubierto las estrellas y el vino corriente lavaba la preciosa sangre plateada que se escurría por la mesa de operaciones.

Abrí cuidadoso el pecho, desde donde emanaron unos cuantos sueños de poetas y suspiros de amantes contenidos.

De cada elemento cogí una muestra depositada con prolijidad en cajas de madera de canelo, para que ninguna perdiese la magia.

Así, hasta completar el procedimiento...

Tomé la corvada aguja de titanio de su sello estéril de olvido para enhebrar en ella el hilo de dolores - propio de fabricación humana- y puntada a puntada, hora a hora,  tejí nuevamente el cierre de la oscuridad de estado cada vez más falto,

cercenado,

mutilado,

muerto...